Habia una vez una niña bonita, tan bonita que de pura envidia que le corroía a más de una por dentro tenía que dejar de mirar.
Aquella niña de apariencia felíz no lo era tanto porque se sentía incompleta. Pero tan linda era que las personas cercanas se eclipsaban al verla y parecía invisible para muchos que pudieran haber sido futuros o cercanos pretendientes.
Aquellos que un día la conocieran y se acercaran a ella no podían llegar a tan elevado espíritu, no sabían cómo tratar tanta magnificencia y hermosura, de forma que lo que pareciera un romance, siempre acababa en hastío, cuando no en tragedia.
Y así pasaba el tiempo y la nenita sólo encontraba incompresión, aburrimiento y vulgaridad en los hombres que osaron acercarse a ella.
La margarita de sus sueños se iba deshojando y pareciese que los pétalos blancos se desvaneciesen y no fueran a aparecer más...
Un día, de un lejano reino un caballero gentil se atrevió a lanzarle piropos a la niña de los pétalos blancos, elogiando su delicada belleza que ella ya creía perdida, de tanto ingénuo y estúpido que pasó por su vida, sin pena ni gloria, dejando en ella un colosal vacío que pensaba nadie iba a llenar nunca.
Aquel gentil y osado caballero casi invisible para la niña, comenzó a cortejarla en sobre lacrado a cambio de hermosos retratos que ella ni siquiera se atrevía a mandar, pues ya creía perdida toda su hermosura; pero aún así lo hacía, pues en ese último pétalo de la margarita tenía alguna esperanza, para ella casi seguro incierta en un principio, pero era grande su ilusión al recibir de vuelta en la estafeta, retrato de su pretendiente y muchos halagos, elogios y versos que a la niña llenaban de alegría al recibirlos en su sencillo pasar por la vida.
Así pasaban los días y los meses y la niña leía y leía versos a cual más hermoso de su pretendiente, que incluso se atrevió un día a pedirla, envíandole joya a tal efecto. Tal ilusión le hizo que corrió hasta el río cercano de su casa en donde siempre tomaba en su mano las margaritas; tomó una y le dijo en voz alta: "¿Sabés qué? ya no necesito que me averigües más, chao" mientras lanzaba la margarita al río.
Y corrió y corrío por las praderas y campos colindantes, retozando de alegría, jugando con las mariposas y cantando alegres canciones por los caminos al unísono con los zorzales y otras aves que a su paso salían.
Una buena mañana la niña peinaba sus cabellos al viento dejando traslucir la belleza inigualable de su rostro y su larga cabelllera, cuando por un camino cercano escuchó trote de herraduras y rechinar de espuelas y cinchas. Sin duda alguien se acercaba en caballería a paso lento. La niña intrigada se asomó a la vereda pues no era hora de paso habitual por allá de gente. Tan sólo a esa hora vendía el lechero y el panadero, con sendos carros de mano con su mercancía, pero no a caballo.
Cual sería su sorpresa al ver que de un caballo blanco de enormes crines se bajaba un caballero engalanado con su capa y distinción de un reino muy lejano, observando a su alrededor y portando un mapa, sin duda buscaba a alguien por el lugar. En esos momentos, perpleja supo que era el, había venido a buscarla.
Después de conocerse y mirarse la niña se subió al majestuoso caballo con aquel caballero lejano. Recorrieron por días campos, praderas, lugares remotos, valles mágicos, lugares perdidos. Y en cada parada y fonda, su amor crecía aún más. Unida en el caballo a la espalda de su prometido recorrieron medio mundo hasta llegar al reino de origen de su amado.
Una vez allí, en aquellas estancias de la Corte de aquel reino, no recordamos el nombre; una noche cálida en que los grillos cantaban y la luna clara brillaba en el cielo, entre flores de sándalo, hierbabuena y menta, en una cama con dosel de seda rosa, su amado la tomó con delicadeza, la cubrió de besos, de ternura, transmitiéndole todo su amor, su respeto a la vez que pasión por tenerla, la hizo vibrar y de repente su cuerpo despertó de su letargo, comenzó a vivir, a soñar, a amar y a sentir...la pasión hizo comunión con su alegría y unas lágrimas que llevaban siglos esperando salir irrumpieron en su rostro nacarado. No podía creer su dicha, su júbilo por encontrarse por primera vez a si misma, de la mano de su amado, que la despertó a la vida y al amor. Le abrazó con todas sus fuerzas y le amó.
Pero le amó para siempre, pues para siempre era aquel amor tan auténtico que hizo despertar a aquella niña, nuestra niña de los pétalos blancos.